jueves, 9 de noviembre de 2017

¿Por qué vamos a ir al campo de Gurs el domingo 26 de noviembre?



El bosque de Gurs no es un bosque natural: lo plantaron en 1950 para cubrir la llanura de Gurs, para ocultar una vergüenza. Es una masa oscura de robles muy altos, de 20 o 30 metros, que levantan las ramas como brazos agitándose en el cielo, contra las nubes grises, contra la mancha azul de los Pirineos. El 31 de diciembre de 1945 cerraron definitivamente el campo. Vendieron la chatarra, quemaron los restos y en 1950 plantaron el bosque de robles: plantaron el olvido.
 

 

Entre 1939 y 1945, en este campo de concentración encerraron a 63.929 personas -milicianos, gudaris, comunistas, judíos, gitanos, putas, extranjeros en general-, Pirineos Atlánticos. Gurs fue un campo muy grande sobre el terreno -80 hectáreas y hasta 18.000 personas recluidas al mismo tiempo, cifra que lo convertía en la tercera localidad más poblada de los Bajos Pirineos, solo por detrás de Pau y Bayona-, y ha sido un campo muy pequeño en los libros de Historia. Gurs, el campo del que casi nadie habló durante medio siglo, resume la escalada del horror europeo: enlaza el bombardeo de Gernika con el exterminio de Auschwitz. Lo construyeron a todo correr, en solo 42 días, para acoger -para encerrar- a refugiados republicanos de la Guerra Civil española.
En la primavera de 1939, el Gobierno francés levantaba campos por todo el país para redistribuir a los más de 250.000 refugiados que se apiñaban en playas mediterráneas como la de Argelès-sur-Mer. Las autoridades francesas aceptaron la petición del Gobierno vasco en el exilio: enviar a los refugiados vascos a un campo en las provincias vascas.
 
Pero allí no los quisieron.
 
El diputado labortano René Delzangles pidió al ministro francés de Asuntos Exteriores «la repatriación general» de los refugiados «porque Francia no debe convertirse en el vertedero de Europa». El ayuntamiento de Bayona también exigió que se rechazara a los ciudadanos españoles que habían pasado a Francia a partir del 18 de julio de 1936. Y Jean Ybarnégaray, diputado por Mauleón, primer presidente de la Federación Internacional de Pelota Vasca, luego ministro de la Familia Francesa en el régimen filonazi de Vichy, reclamaba «medidas de extrema urgencia», ante la «intolerable amenaza» que constituía «la presencia de cuatro millones de extranjeros y en particular de 250.000 milicianos españoles».

 
Al final los acogieron en el distrito de Olorón (región del Bearne), gracias a las gestiones del alcalde Jean Mendiondou, diputado de la Izquierda Independiente. El 4 de abril de 1939, Mendiondou recibió en la estación de tren a los primeros refugiados y les estrechó la mano. En la primera semana llegaron más de 4.000 vascos, todos hombres jóvenes, todos soldados, militantes del PNV, del PSOE, del PC, de Izquierda Republicana: perdedores de la guerra. Los enviaron al pueblo de Gurs, donde habían despejado un inmenso campo cenagoso, habían construido 328 barracones y habían rodeado todo con alambradas y garitas de vigilancia.
A finales de la primavera de 1939, Gurs ya albergaba a 18.000 personas: además de los vascos, había republicanos de diversas partes de España y brigadistas internacionales. Se apiñaban para dormir de treinta en treinta, sin ropa limpia, sin jabón: llegaron las pulgas, los piojos, las ratas. Se extendió la sarna. Y el estreñimiento, porque la comida era muy pobre -pan, caldo negro, patatas, lentejas-. Hubo casos de escorbuto por falta de vitaminas, hubo tuberculosis por la humedad y el frío, hubo anemias, paludismo, sífilis, diarreas, reúmas. Con las lluvias, el campamento se convirtió en un barrizal.
 
Los refugiados sufrían un régimen carcelario, encerrados entre alambradas, y necesitaron meses de protestas para que les permitieran recibir visitas -solo los domingos, solo un rato, todos en una misma barraca vigilada por guardias.
 
 

 
EL EXTERMINIO JUDÍO.
A principios de 1940, con los nazis ya en Holanda y Bélgica, las autoridades francesas metieron en Gurs a 14.875 personas, casi todas mujeres, muchas judías: habían huido del Tercer Reich, pero Francia las consideró «peligrosas para la defensa nacional» porque eran alemanas o austriacas. Aprovechando el ambiente, también encerraron a comunistas y anarquistas franceses, republicanos españoles y nacionalistas vascos. En los documentos se referían a todos ellos como «indeseables».
Cuando los nazis invadieron Francia, se encontraron con mucho trabajo adelantado: Gurs les sirvió para encerrar a 18.185 judíos -dos tercios eran alemanes, el otro tercio había caído en las redadas del Gobierno francés colaboracionista-. El campo ya había sufrido dos inviernos y los barracones estaban descalabrados, con la madera podrida, inundados de goteras, abiertos al viento. Unos 800 judíos murieron en el primer invierno que pasaron -que no consiguieron pasar- en Gurs, el de 1940-1941.
 
El cementerio del campo, perdido entre las zarzas de la posguerra, fue restaurado en 1963 por iniciativa de las ciudades y las comunidades judías de la región alemana de Baden, de donde procedían miles de deportados a Gurs. Ahora transmite una imagen geométrica y abrumadora del exterminio: en una extensión de césped muy bien cuidado, se suceden filas y más filas de lápidas. Hay 1.073 tumbas. En las inscripciones se lee la diversidad de los orígenes y de los años de nacimiento de las víctimas, y la confluencia brutal de todas ellas en un mismo año de muertes simultáneas. Por ejemplo:
«Isidor Persitzki. Odessa. 1886-1941».
«Rosa Abraham. Salzburg. 1865-1941».
«Ernst Blau. Frankfurt. 1892-1941».
 
En un extremo del cementerio hay una treintena de lápidas en las que alguien ha colgado unas tiras de tela roja, amarilla y morada: son las tumbas de los republicanos y los brigadistas internacionales. Por ejemplo:
«Venancio Arana Imaz. 1902-1940».
«Siegmund Grost. 1890-1940».
«Julián Pérez Pérez. 1879-1939».
 
Unos 30 republicanos murieron en Gurs, otros 16 salieron del campo y acabaron asesinados en el campo de Mauthausen. Entre los que se dispersaron por Francia durante la guerra, muchos desaparecieron sin dejar rastro.
Lo que sí consta en los archivos es que, entre agosto de 1942 y marzo de 1943, la gendarmería francesa llevó a 3.907 judíos desde Gurs hasta la estación de Oloron -hombres, mujeres, niños- y que desde allí los despacharon en cuatro convoyes «con destino desconocido». Se conoció después: llegaron al campo de concentración de Drancy, en las cercanías de París, y desde allí los mandaron a Auschwitz. A otros miles de judíos de Gurs los enviaron de Oloron a diversos campos de Alemania, en los que se perdió su pista.
En los últimos meses de la guerra, durante el derrumbe nazi, las autoridades francesas todavía usaron los barracones podridos de Gurs para encerrar a gitanos, a putas, a vendedores del mercado negro, incluso a los guerrilleros españoles que habían fracasado en la invasión del valle de Arán.
 
El 31 de diciembre de 1945 cerraron definitivamente el campo. Vendieron la chatarra, quemaron los restos y en 1950 plantaron el bosque de robles: plantaron el olvido.
 
«contra la xenofobia, el racismo, el odio al diferente, la represión política y la destrucción de la dignidad humana».
 
 
 
Tomado de un artículo de Ander Izagirre en "El Mundo"

 

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